"Taylorismo"


El taylorismo debe su nombre al ingeniero estadounidense Frederick Winslow Taylor y es un método de gestión industrial concebido para aumentar la eficacia y la productividad. 

  Taylor describió los principios de la división del trabajo en su libro "Los principios de la gestión científica", publicado en 1911. Se pretende optimizar los procesos de trabajo para que los trabajadores necesiten el menor tiempo y energía posibles para completar las tareas.  Se trata de aumentar la productividad y reducir los costes.

Es la llamada automatización y racionalización de los procesos de trabajo en las empresa con reducción de mano de obra human a y  también a una mejor utilización de los recursos disponibles.
Los seres humanos en el taylorismo,  que no es más que la gran técnica capitalista de obtener plusvalía, no existen, son autómatas. 
Ahora estos autómatas se pueden finalmente sustituir por otros que no comen, no se organizan, no protestan, no duermen,  se reproducen al gusto del empresario y producen mucho más
  El único objetivo de aceptar al ser humano-obrero era que lo necesitaban, cuando no lo necesitan organizan guerras para estimular  la economía y eliminar a unos millones de estos "parásitos" que ya no sirven para sus objetivos. 
 
  Para no pensar en el taylorismo y que nadie se levante contra el futuro que el Capitalismo de la robótica tiene pensado para la humanidad se usa otro taylorismo llevado a cabo por las empresas que monopolizan el mundo del espectáculo.
 Es el taylorismo aniquilador de cualquier movimiento que pueda llamarse realmente "cultural" 

   Ayer nadie sabía quién era Taylor Swift y hoy todos pagan lo que les pidan por ir a verla. 
 Cuando besó a su novio en la Super Bowl, tuvo la mayor audiencia televisiva desde el alunizaje de 1969.


 Una profesora de Harvard está impartiendo una clase  sobre ella, la trata como una diosa y pone sus letras en el nivel de Dylon Thomas o Bob Dylan. Es un curso de poesía seria, no se trata de un curso de filosofía sarcástica ni un curso de crítica social. 

 
Ni su belleza, ni su música, ni sus letras justifcan su éxito vertiginoso ni la adulación que recibe

Taylor no tiene que hacer nada bien, porque es solo un reflejo del estado actual de decadencia cultural aunque  la profesora Stephanie Burt, poeta y crítica literaria, se la toma muy en serio.

Fue una niña criada en los privilegios de la élite financiera estadounidense. Pasaba los veranos en la casa de vacaciones de su familia en Stone Harbor, Nueva Jersey, donde el precio medio de una casa es de 2,5 millones de dólares.
  A los 15 años, la cantante tenía un contrato discográfico con una empresa en la cual su padre compró una participación. 

 Obviamente las letras de Taylor Swift son sobre su esmirriado mundo interior. 
 El mundo exterior apenas aparece en las canciones de Swift y nada ha evolucionado en ella desde los 13 años, salvo la campaña de marketing que la ha convertido en narcótico para adolescentes pletóricos de hormonas y la devoción de una señora de Harvard.

 Pero a todo esto hay que añadirle para atraer al colectivo femenino su pizca de rebeldía feminista.  
Swift es una rebelde alegre y no amenazante. 
Un producto de la  monopolización y reducción  de la industria musical. 
Las compañías discográficas, la gestión de artistas, la radiodifusión y la venta y promoción de entradas para conciertos, respectivamente, han llegado a estar dominadas por dos o tres gigantes corporativos.

Este proceso ha reducido la gama de artistas que disfrutan de exposición a audiencias masivas. Ha resultado en el aplanamiento del panorama cultural y la reducción de los gustos.

 Swift es el éxito de una cultura oficial de manipulación de los espectadores. 

  Irá a los campos de batalla a dar zancadas sobre sus botas de diamantes menenado el culo enfundado en unas bragas apretadas y será el premio a toda la muerte que el otro taylorismo que ahora ha sustituido lo humano por lo artificial tiene previsto para nosotros. 

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